Buscando
Che
I
Un hombre barbudo, quien tomó un asiento cerca de la ventana, compartió una barra de kitkat conmigo y echó cortésmente un vistazo a las letras rusas en mi libro:

— Es el Corán?
— El libro sobre Che Guevara.
— Eres socialista?
Negué con la cabeza.
— Y yo soy socialista, — sonrío el argentino y apretó un puño en un gesto de resistencia.

Tendré una barba gruesa como la que el tenía al final de mi viaje.
II
Por todas lugares caminaba a pie, alejandome de los barrios peligrosos como la estación Constitución o La Boca. Quería comprar un mate en la feria que se puede encontrar en San Telmo los domingos.

Negocié un mate chico hecho de una calabaza seca y una bombilla con una mujer nativa por cincuenta pesos. En una multitud asi, apenas pasaba a espaldas de los artesanos y despues me escondía del ruido en las calles vacías de San Telmo.


Me dirigí a los patios traseros, donde la gente llevaba los paquetas de las furgonetas. Las casas se abrían como las cajas descubriendo las calles pintados con los grafitis, las cafeterías y las bellezas, que nunca estarían conmigo. Yo recuerdo a un perro tirado en la acera.

III

Las vigas frias del mercado resuenen en un techo de la estación Constitución y las iglesias a las que nunca entro. La aroma de las panaderías, la helada de las carnicerías y los carteles viejos.


Todas las paredes manchadas de pintura: las chicas con los Aks, Che Guevara, las estrellas rojas, los puños levantados y los escritos: Déjanos en paz! No conviertan San Telmo en Palermo! Cerdos policias! No perdonemos, no olvidamos!

Todo esto mezclado con los fantasmas que bailan tango en las paredes, entre los coches, entre las farolas. Las ventanas vacías, las ventanas clavandos de un bar, un hombre en una puerta del balcón con las flores. Una tienda de antigüedades, un quiosco de cigarrillos, un bistró francés.


El tipo desapareció del balcón y todo el cuadro se ha ruinado. Quedó una casa de piedra, cubrida por de grietas, y una colilla quemada en la calle.

IV

Una mesera detrás del mostrador me dijo una contraseña:


— Ma-ri-a. Quieres un café?
Negué con la cabeza.
No hay problema. Yo te invito.

Me senté de espaldas a la calle. Los dedos apretaban firme un plástico tibio, porque las caras de las porteñas fuera de la ventana estan frias. Ma-ri-a.

— Dónde estás?
— Yo... Tomo café.
— Es la una de la madrugada.
— No sé. Acá hay mucha luz.
— Como la luz? Dónde estás?
— En Buenos Aires.

Tomé sorbos de café, como si estuvo besando un borde de una taza, esperando que ella regresara. Tal vez, tomó el subte. Cuarenta y cuatro minutos miro fijamente un segundero, o un espacio vacío. Las voces y las campanas de los ciclistas llegan del bulevar.

V
Lucia es veterinaria de trabajo nocturno. Tiene un templo afeitado, vive en los suburbios, fuma un monton y se ríe de cómo se vesten las chicas argentinas que caminan por las calles de Recolteta. Dice, esto no es Argentina real. Hace un gesto, como si trazara un espacio alrededor con sus manos. No vivimos así.

Pero me gustaban los edificios altos y las copas de los arboles amarillentas de Recoleta. Mi hostal estaba cerca, en tranquilo Palermo, donde una vez subí a un árbol, y luego traté de alimentar a algunos gansos salvajes con galletas.
VI

En el camino Lucía me contó sobre los setenta en Argentina. Aquí hay algunos detalles: los muertos llegados a la orilla del Uruguay, los niños, perdidos para siempre, las madres dando vueltas en la danza ronda loca en la Plaza de Mayo, un policía disparando a la cara del estudiante con un revólver.


Al llegar a casa, ella besa un retrato del Che Guevara. Las manos tatuadas de las chicas argentinas, igual como las paredes de la ciudad, cubiertan de los cantos sobre la crueldad de la policía.
VII

Íbamos por el subte, que se parece a metro de Barcelona, pero en cada parada entraban los músicos. En la estación Uruguay el guitarrista, después de acariciar un pelo de un niño, golpeó las cuerdas y Lucía reconoció los acordes de la zamba.


No sé, para qué volviste. Si me empezaba olvidar. Las chicas del carro cantaban: Lloré cuando vos te fuiste. No sé, para qué volviste.

Esta canción sigue dando vueltas y vueltas en mi cabeza.
VIII

Dos señores, colgando las chaquetas anticuadas en los pasamanos, sonríen y coquetean con una chica mulata.


Durante un momento, los viejos y la mulata estan sacudidos y meneados con el carro, hasta que el tren se detuvo. He leído el nombre de una estación en la pared. El rio de pasajeros nos empuja hacia adelante como las figuras de cartón.

Nos apretamos en un torniquete y subimos por la escalera a la cuidad. La luz blanca me cega por un momento, luego veo las lineas de las casas con los balcones, con la gente mirando afuera, la gente en los techos tambien.

Las banderas temblaban contra el fondo de las ramas curvadas de las jacarandas con las flores lilas. Los puños levantados: No corren! Tranquilo! Gritan tambien: Hijo de puta! Estamos en medio del zumbo, de las sirenas y de las voces, en el corazón de la marcha flotando por la calle.
IX
Yo recuerdo el calor y el crujido de las botellas bajo mis pies. El cielo azul en los agujeros de bala en las banderas negras, rojas, naranjas y blancas. Los tambores y el canto aterrador de miles de gargantas. Lucía apretó mi palma sudorosa.

Las bellezas con las caderas gruesas se subieron los botes de basura derribados. Una nube ondeaba frente al Congreso en el fondo de la calle, pesada y grasosa por el humo del plástico, los petardos, subiendo, dejan los rastros blancos, y luego las granadas de gas explotan con el estruendo, y la gente retira pesadamente, rodeando los quioscos de tabaco.

Escondimos de la policía en el restaurante con las mesas movidas a las puertas. Los disparos se escuchan a dos pasos de nosotros, la luz azul ilumina el humo sobre los autos incendiados.
X
Estábamos caminando por la calle principal, cuando una mujer peruana se nos acercó. Lucía tradujo su palabras mientras se reía:

Los pájaros. Los pájaroste cagaron encima.

Buena señal. Me tomó un tiempo para dar me cuenta de que la mujer tenía ojos afilados de lagarto. Revisé nuestra ropa y vi las manchas suscias. Elegí humildemente una botella de agua y las servilletas de mi mochila, aunque sciento un olor fuerte familiar en el aire. El truco es simple: alguien rocía mostaza en tu ropa, y cuando la cómplice distrae tu atención, los ladrones vacían tus bolsillos. Pero no me di cuenta de nada. Ni siquiera noté la multitud que circulaba.

Estaba siguiendo los gestos de la bruja peruana: baja la mochila, moja la servilleta, acercate. Ella tomó mi mano y la pasó por el brillante cabello de Lucía. Y en ese momento me desperté: su cabello estaba completamente limpio. Giré la cabeza y vi que la mochila no estaba en el suelo.

Mi cuerpo se lanzó en la dirección correcta, como si supiera, dónde mi mochila se habia escondida. Otro hombre peruano se interpuso en mi camino, señalando la calle a mis espaldas: señor, corrió por allí! Pero mi cuerpo lo alejó. El cuerpo sabía, donde estaba el ladrón en la multitud y apretó los puños. El peruano me vio, soltó la mochila de sus manos y desapareció.
XI
Tal vez, debimos quedarnos a caminar por las calles de Buenos Aires para siempre, pero un colectivo número cuarenta y cinco, real y llendo de gente, nos llevó a los suburbios.

El bús se mantuvo alejado de la villa, los barrios pobres. Las casas sin techos revueltas con los conventillos, una vieja iglesia, los chicos en una cancha de fútbol, las vallas publicitarias, los neumáticos, una ropa de cama en las cuerdas.
XII
Cada noche una gata llamada Feli se metía en mi saco de dormir, hasta que un dia compré un pasaje de barco más barato desde Buenos Aires a Montevideo.

El cielo era gris, pero cuando llovía, no estarías allá. La ciudad terminó con los techos y las paredes pintadas de San Telmo. Nunca lo verías como un niño golpea la pelota. Un toque ocasional de una falda, el último también.

El barco es un interruptor. Tan pronto como las olas dan vueltas bajo la cubierta, el día se va y ves la guirnalda de la ciudad nocturna.

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