Negocié un mate chico hecho de una calabaza seca y una bombilla con una mujer nativa por cincuenta pesos. En una multitud asi, apenas pasaba a espaldas de los artesanos y despues me escondía del ruido en las calles vacías de San Telmo.
Me dirigí a los patios traseros, donde la gente llevaba los paquetas de las furgonetas. Las casas se abrían como las cajas descubriendo las calles pintados con los grafitis, las cafeterías y las bellezas, que nunca estarían conmigo. Yo recuerdo a un perro tirado en la acera.
Las vigas frias del mercado resuenen en un techo de la estación Constitución y las iglesias a las que nunca entro. La aroma de las panaderías, la helada de las carnicerías y los carteles viejos.
Todo esto mezclado con los fantasmas que bailan tango en las paredes, entre los coches, entre las farolas. Las ventanas vacías, las ventanas clavandos de un bar, un hombre en una puerta del balcón con las flores. Una tienda de antigüedades, un quiosco de cigarrillos, un bistró francés.
El tipo desapareció del balcón y todo el cuadro se ha ruinado. Quedó una casa de piedra, cubrida por de grietas, y una colilla quemada en la calle.
Una mesera detrás del mostrador me dijo una contraseña:
Tomé sorbos de café, como si estuvo besando un borde de una taza, esperando que ella regresara. Tal vez, tomó el subte. Cuarenta y cuatro minutos miro fijamente un segundero, o un espacio vacío. Las voces y las campanas de los ciclistas llegan del bulevar.
En el camino Lucía me contó sobre los setenta en Argentina. Aquí hay algunos detalles: los muertos llegados a la orilla del Uruguay, los niños, perdidos para siempre, las madres dando vueltas en la danza ronda loca en la Plaza de Mayo, un policía disparando a la cara del estudiante con un revólver.
Íbamos por el subte, que se parece a metro de Barcelona, pero en cada parada entraban los músicos. En la estación Uruguay el guitarrista, después de acariciar un pelo de un niño, golpeó las cuerdas y Lucía reconoció los acordes de la zamba.
Dos señores, colgando las chaquetas anticuadas en los pasamanos, sonríen y coquetean con una chica mulata.
El barco es un interruptor. Tan pronto como las olas dan vueltas bajo la cubierta, el día se va y ves la guirnalda de la ciudad nocturna.